El Blog de Wachik' aj

62. ¿Qué violencia bajamos?

Sólo reducir asesinatos no produce un país seguro.
Las casas son más peligrosas que las calles.

Es comprensible que una sociedad que vive con 36 asesinatos por cada 100 mil habitantes (cuatro veces más que el promedio mundial) piense que reducir la violencia significa bajar los asesinatos. Y lo es en parte. Pero sólo reducir los asesinatos no hará que caminemos más tranquilos y más libres por las calles de Centroamérica.

La muerte es el desprecio mayor por la vida. Pero si llegamos a ser sociedades que despreciamos tanto la vida no fue de un romplón sino porque la despreciábamos poquito a poco, leño a leño, violencia a violencia, hasta ir prendiendo el fuego.

Las violencias más profundas son las que vemos como naturales. Despreciar tanto al diferente de tez, acento y cultura que no nos importa que trabaje 15 horas diarias y le paguemos una limosna. ¿Se imagina usted trabajar cuatro horas para que le paguen Q15 o Q20 por la tonelada de caña que recoge? Y no tener salario mínimo o seguro porque su contratación está “tercerizada”. O despreciar tanto a la otra, del otro género, que no nos importa su voluntad. ¿Sabía usted que 30 por ciento de las guatemaltecas ya ha tenido una relación sexual a los 13 años (obviamente a la fuerza) y que la mayor cantidad de veces fue con un familiar?

A algunos nos puede preocupar caminar por la calle porque nos pueden asaltar. Claro, yo, hombre, mestizo, de clase media, con familia desde niño, con acceso a educación desde niño y un trabajo desde los 18 años. Pero a hombres indígenas no sólo los pueden asaltar, sino humillar o no darles trabajo o trancasear por una “mala mirada” o por pedir un país más justo. Y a las mujeres no sólo las pueden asaltar, sino toquetear, humillar o violar. Y lo peor es que la calle no es lo peor. Las casas guatemaltecas, de las familias guatemaltecas, tan cachurecas o pandereteras, son en un buen porcentaje más peligrosas que las calles.

Hay una violencia que puede reducirse con policías, detectives y jueces que hacen su trabajo. Pero hay una violencia que no se frena con policías. El gobierno de El Salvador hizo el harakiri de pactar con las maras y redujo la violencia de 62 a 31 asesinatos por cada 100 mil, por ahora. Y constatamos que los salvadoreños “no-mareros” son bien violentos.

La violencia más profunda, la que impide vivir en tranquilidad y libertad, es la que tenemos tan naturalizada que no es noticia diaria (violaciones a mujeres, muertos por hambre) y se cura con cambios culturales, como perseguirlos como delitos.

PS. Si quiere cuestionar patrones y disfrutar de buen teatro, le recomiendo este jueves, viernes y sábado la obra Afuera, en el Teatro Lux. Y si quiere seguir cuestionando, lea el texto de Maurice Echeverría en Plaza Pública sobre los mundos gay. Ambos abren la mente.

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